LAS DEBORADORAS DE ALMAS Pt.3

EL REENCUENTRO

Una fría mañana, bajo un cielo gris como el acero, la madre encerró la cabra en la barraca y sin mediar palabra condujo a sus hijas a través del bosque. Ninguna de ellas había pisado aquel sendero en años, pero se sabían el camino de memoria. La tarde llegaba a su fin, empezaba a oscurecer, cuando alcanzaron la puerta trasera de la granja que había sido su hogar.


 La madre llamó a la puerta y quien abrió fue una mujer corpulenta que la dejó sin aliento. Luego el padre se acercó a la puerta. Su rostro reflejó sorpresa y después vergüenza. Colocó la mano en el hombro de la mujer rubicunda. Eso reveló todo lo que ella sospechaba. Había dejado de ser esposa, y su marido ya no era su marido.


Con los años, las niñas habían crecido como salvajes, y no sintieron más que curiosidad todo el tiempo que estuvieron en el caldeado umbral iluminado por el fuego de la casa de su padre. Entonces un olor de carne estofada penetró en sus fosas nasales y se les hizo la boca agua. El recuerdo de ese sabor les acompañó durante todo el camino de vuelta hacia su fría barraca, y la comida jamás volvió a saberles como antes, nada llenaba sus estómagos.


 A lo largo de los años, el vínculo con su madre fue perdiendo peso y ganó el que habían trabado entre ellas y con el bosque, pero aun así cuando una noche regresaron a la barraca les conmocionó encontrar a su madre muerta, La cabra yacía a su lado, y alzó la vista cuando las chicas entraron, con el pelo azabache cubierto de lodo. Las hermanas se miraron con incertidumbre, y un vago recuerdo de civilización les dijo que debían enterrar a su madre.



Las chicas siguieron viviendo solas. Por las noches la cabra se acurrucaba a su lado como siempre, y a veces cuando por las mañanas les aupaba las caras, les traía recuerdos de su madre, y de cómo les acariciaba el pelo y las besaba. La vaga insatisfacción en sus estómagos se agrió hasta el resentimiento...


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